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quiero viajar lejos ,muy lejos,,hasta encontrarme


« en: 15 de Noviembre de 2008, 09:02:33 »

[color=red]LAS LAGRIMAS DE POTIRA[/color]

--------------------------------------------------------------------------------

Mucho antes de que los blancos llegaran a las tierras menos pobladas del interior de Brasil, ya vivían allí muchas tribus indígenas, en paz o en guerra, cada una siguiendo sus costumbres. De una de estas tribus, en paz con sus vecinos desde hacía tiempo, formaban parte Potira, una hermosa india agraciada por Tupá con la hermosura de las flores, e Itagibá, joven fuerte y valiente.

Era costumbre de la tribu que las mujeres se casasen pronto y que los hombres lo hicieran al convertirse en guerreros. Cuando Potira llegó a la edad de casamiento, Itagibá adquirió la condición de guerrero. Ambos se amaban, habían decidido compartir sus vidas, compartir sonrisas y momentos difíciles, ser compañeros. Y aunque otros jóvenes también suspiraban por Potira, ella no tuvo dudas, y se unió con Itagibá en una gran fiesta.

Eran tiempos tranquilos y la felicidad les acompañaba. Los periodos de separación que coincidían con viajes para contactar con otras tribus o con cacerías, hacían que volvieran a verse después con más ganas, que se unieran más de lo que ya estaban. La alegría de cada reencuentro compensaba las noches a solas.

Llegó un día, sin embargo, en el que el territorio de la tribu fue amenazado por vecinos que codiciaban la abundante caza que había en él, e Itagibá partió con sus hombres para la guerra. Potira vio alejarse las canoas río abajo, preparadas para el enfrentamiento, sin saber qué sentía exactamente, aparte de la tristeza de separarse de su amado sin una fecha concreta a la que aferrarse esperando su vuelta, sin poder contar los días... Pero no lloró como las ancianas de la tribu, quizá porque nunca había visto ninguna otra guerra.

Todas las tardes iba a sentarse a la orilla del río, esperando pacientemente, tranquila. Ajena a los risas de los niños, solo esperaba, escuchaba el rumor de las aguas del río queriendo oír en ellas el sonido de un remo batiendo en el agua, imaginando el dibujo de una canoa recortándose en la lejanía. Cuando el sol se ponía, retornaba al poblado con la imagen de Itagibá aún en mente, sonriendo pues en cierto modo había pasado con él la tarde...

Fueron muchas tardes iguales, una tras otra, y el dolor de la nostalgia se iba imponiendo. Pero cada tarde volvía con la misma ilusión al encuentro de su amado, y esa esperanza hacía que cada mañana siguiera levantándose y cumpliendo sus tareas con una sonrisa en los labios, porque a la tarde se reunirían. Y si no era esa tarde, sería la siguiente...

Una de las tardes en las que Potira escudriñaba el horizonte en busca de esa sombra recortándose en él, el canto de la araponga retumbó en los árboles. Y el rostro de Potira se ensombreció, y su sonrisa se perdió en las aguas del río. Porque todos saben que el canto melancólico de la araponga solo anuncia acontecimientos tristes, y nuestra india, bella como una flor, codiciada por tantos hombres... supo que eso ya no importaba, que nada importaba, porque el araponga había anunciado la muerte de Itagibá. Y por primera vez lloró. Sin decir palabras, como no habría de decirlas nunca más. Lloró, lloró y siguió llorando, y las lágrimas que descendían por el rostro fueron haciéndose sólidas y brillantes a su paso por la cara y el aire, yendo a parar al lecho del río por el que Itagibá había partido.

Y se dice que Tupá, conmovido, transformó esas lágrimas en diamantes, perpetuando así el recuerdo de un amor intenso y puro. Y así fue como a la llegada del hombre blanco, le recibió una tierra en la que las pasiones abundaban... y que seguía guardando las valiosas lágrimas de Potira a las que tanto valor se daría después... pero olvidando su origen.

 
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« Respuesta #1 en: 15 de Noviembre de 2008, 09:06:49 »

LA NINFA DEL JUCAR

Hace muchos años, la orilla del valenciano río Júcar, lo que hoy es un pantano, era un lugar muy frecuentado por nobles cazadores. Era el tiempo en que la máxima ambición de los grandes nobles era aumentar su territorio, y cuando esto no era posible por medio de guerras y conquistas, recurrían a los matrimonios concertados, que servían para que ambas familias unieran sus respectivas tierras.

Así sucedió con un señor de cierto castillo de la zona, que siendo padre de un hijo único, apalabró su matrimonio con la también única hija del señor de un castillo vecino. Los prometidos apenas se conocían y nada sentían el uno por el otro, pero no protestaron porque sabían que esta era la costumbre extendida. Y así, fijada ya la fecha de la boda, comenzaron en los dos castillos los preparativos para el gran acontecimiento.

 Un día, cercana la fecha del enlace matrimonial, el joven prometido salió de caza él solo. Cabalgaba por las cercanías del río Júcar, buscando huellas en el barro que indicaran el paso de alguna posible presa cuando escuchó un canto femenino, dulce a más no poder, melódico, armonioso, atrayente. Olvidando el motivo de su salida, se acercó al río guiándose por el sonido del canto, hasta que descubrió que en un remanso, una muchacha desconocida, más hermosa que la luna, dejaba secar sus largos cabellos al sol, sin cesar de cantar suavemente. El joven salió de entre los árboles y por un momento pareció que la muchacha huiría nadando, pero permaneció en su lugar, a la espera. Se contemplaron en silencio y entre ambos pareció brotar una nueva sensación cómplice, cálida, arrebatadora, viva. Sin que ellos mismos lo supieran, era amor lo que estaban sintiendo nacer. Un amor de esos que no necesitan palabras, que trastocan tu vida por completo, y que, por supuesto, no entienden de planes previos trazados por el bien del reino...

Así, se acercó a ella sintiendo que en ese momento nada era más importante que esa cercanía, que su contacto, que su sonrisa; y unió sus manos y su cuerpo al de ella mientras todo su alrededor se hacía distante y sin importancia. Y en esa unión transcurrió el día, la noche y el amanecer siguiente, mientras respiraban el mismo aire y sus voces, apenas murmullos, se volvían cantos para cualquier espectador que se asomara a la escena.

Sin pronunciar palabra, al menos alguna palabra que se pudiera registrar en el lenguaje de los seres terrenales, ella le hizo entender que era  una ninfa del río, que deseaba su compañía pero que eso significaría para él renunciar a todo cuanto conocía, a su familia, amigos, castillo... Pero para él la palabra renuncia no tenía sentido si iba acompañada del amor de su ninfa... y así, tomó sin problemas la mano de su amada que le guiaba hasta el centro de las aguas, perdiendo pie y dejándose arrastrar por la corriente hasta el fondo del río, donde encontraron una puerta que les dio acceso al palacio más hermoso que podéis imaginar, y que desde ese momento, convertirían en su hogar.

Mientras, en el castillo, el padre se alarmaba por la ausencia de su hijo, y nada le consolaba, más aún cuando tras búsquedas infructuosas por parte de su ejército, llegaron a la conclusión de que estaba muerto, alguna clase de muerte mágica que tampoco les permitía hallar su cuerpo. Incluso rastrearon el río, pero no encontraron resto alguno del muchacho. Y el tiempo pasó, el anciano señor del castillo falleció sin heredero y, todavía más años después, la hiedra y las enredaderas cubrieron las ruinas que quedaban del que había sido un imponente castillo.

Pero aún hoy cuentan que las parejas de enamorados que se citan a la orilla del Júcar reciben una bendición especial, y que los niños que juegan cerca de este río hablan a veces de las risas y los cantos que se oyen en las cercanías. Y es que si el joven se perdió, lo hizo para encontrar un lugar mucho más hermoso...

 
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« Respuesta #2 en: 19 de Noviembre de 2008, 12:29:15 »

“Los invisibles átomos del aire

  en rededor palpitan y se inflaman;

  el cielo se deshace en rayos de oro;

  la tierra se estremece alborozada;

  oigo flotando en olas de armonía

  el rumor de besos y el batir de alas;

  mis párpados se cierran… ¿Qué sucede?

  “¡Es el amor que pasa!”

 

GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER  

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quiero viajar lejos ,muy lejos,,hasta encontrarme


« Respuesta #3 en: 19 de Noviembre de 2008, 12:33:21 »

Y muero porque no muero…!  ¡Eterno placer

amargo éste del amor! ¡Perpetuo deseo de poseer

tu alma, y perpetua lejanía de tu alma! ¡Siempre

seremos tú y yo; siempre, a pesar de que mis ojos

miren de muy cerca a tus ojos, habrá un espacio

en donde cada uno se forme una imagen mentirosa del otro…¿Cómo es posible entender lo que sientes al oír aquella música, si mi alma es distinta de la tuya? ¡Egoísmo amargo éste del amante: Querer ser uno donde hay dos; querer luchar con el espacio, con el tiempo y con el límite!”

  Fernando Go
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« Respuesta #4 en: 19 de Noviembre de 2008, 12:37:28 »

COMO CRECER?


Un rey fue hasta su jardín y descubrió que sus árboles, arbustos y flores se
estaban muriendo.
El Roble le dijo que se moría porque no podía ser tan alto como el Pino.
Volviéndose al Pino, lo halló caído porque no podía dar uvas como la Vid. Y la
Vid se moría porque no podía florecer como la Rosa.
La Rosa lloraba porque no podía ser alta y sólida como el Roble. Entonces
encontró una planta, una fresia, floreciendo y más fresca que nunca.
El rey preguntó:
¿Cómo es que creces saludable en medio de este jardín mustio y sombrío?
No lo sé. Quizás sea porque siempre supuse que cuando me plantaste, querías
fresias. Si hubieras querido un Roble o una Rosa, los habrías plantado. En
aquel momento me dije: "Intentaré ser Fresia de la mejor manera que pueda".
Ahora es tu turno. Estás aquí para contribuir con tu fragancia. Simplemente
mirate a vos mismo.
No hay posibilidad de que seas otra persona.
Podes disfrutarlo y florecer regado con tu propio amor por vos, o podes
marchitarte en tu propia condena...


ANIMARSE A VOLAR

..Y cuando se hizo grande, su padre le dijo:
-Hijo mío, no todos nacen con alas. Y si bien es cierto que no tienes obligación
de volar, opino que sería penoso que te limitaras a caminar teniendo las alas
que el buen Dios te ha dado.
-Pero yo no sé volar – contestó el hijo.
-Ven – dijo el padre.
Lo tomó de la mano y caminando lo llevó al borde del abismo en la montaña.
-Ves hijo, este es el vacío. Cuando quieras podrás volar. Sólo debes pararte
aquí, respirar profundo, y saltar al abismo. Una vez en el aire extenderás las
alas y volarás...
El hijo dudó.
-¿Y si me caigo?
-Aunque te caigas no morirás, sólo algunos machucones que harán más fuerte
para el siguiente intento –contestó el padre.
El hijo volvió al pueblo, a sus amigos, a sus pares, a sus compañeros con los
que había caminado toda su vida.
Los más pequeños de mente dijeron:
-¿Estás loco?
-¿Para qué?
-Tu padre está delirando...
-¿Qué vas a buscar volando?
-¿Por qué no te dejas de pavadas?
-Y además, ¿quién necesita?
Los más lúcidos también sentían miedo:
-¿Será cierto?
-¿No será peligroso?
-¿Por qué no empiezas despacio?
-En todo casa, prueba tirarte desde una escalera.
-...O desde la copa de un árbol, pero... ¿desde la cima?
El joven escuchó el consejo de quienes lo querían.
Subió a la copa de un árbol y con coraje saltó...
Desplegó sus alas.
Las agitó en el aire con todas sus fuerzas... pero igual... se precipitó a tierra...
Con un gran chichón en la frente se cruzó con su padre:
-¡Me mentiste! No puedo volar. Probé, y ¡mira el golpe que me di!. No soy
como tú. Mis alas son de adorno... – lloriqueó.
-Hijo mío – dijo el padre – Para volar hay que crear el espacio de aire libre
necesario para que las alas se desplieguen.
Es como tirarse en un paracaídas... necesitas cierta altura antes de saltar.
Para aprender a volar siempre hay que empezar corriendo un riesgo.
Si uno quiere correr riesgos, lo mejor será resignarse y seguir caminando como
siempre.
« Última modificación: 19 de Noviembre de 2008, 12:47:19 por estrella2008 » En línea

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tristania
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« Respuesta #5 en: 23 de Noviembre de 2008, 10:24:41 »

Y muero porque no muero…!  ¡Eterno placer

amargo éste del amor! ¡Perpetuo deseo de poseer

tu alma, y perpetua lejanía de tu alma! ¡Siempre

seremos tú y yo; siempre, a pesar de que mis ojos

miren de muy cerca a tus ojos, habrá un espacio

en donde cada uno se forme una imagen mentirosa del otro…¿Cómo es posible entender lo que sientes al oír aquella música, si mi alma es distinta de la tuya? ¡Egoísmo amargo éste del amante: Querer ser uno donde hay dos; querer luchar con el espacio, con el tiempo y con el límite!”

  Fernando Go


bonito .. me gusta
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« Respuesta #6 en: 23 de Noviembre de 2008, 08:43:40 »

no se si es bonito pero ,,,, me da q pensar ,,,
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tristania
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« Respuesta #7 en: 23 de Noviembre de 2008, 09:19:07 »

por eso es bonito....
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« Respuesta #8 en: 23 de Noviembre de 2008, 09:26:40 »

gracias Tris
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« Respuesta #9 en: 23 de Noviembre de 2008, 09:48:41 »

acabo de ver q un visitante esta imprimiendo este tema ,,,q  sensacion mas bonita ,,,,saber q alguien le interesa lo q escribo o copio o pienso ,,,saludos visitante anonimo
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« Respuesta #10 en: 24 de Noviembre de 2008, 12:47:25 »

EL ELEFANTE ENCADENADO
Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los
circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me
llamaba la atención el elefante. Durante la función, la enrome bestia hacia
despliegue de su tamaño, peso y fuerza descomunal... pero después de su
actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba
sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas clavada a
una pequeña estaca clavada en el suelo. Sin embargo, la estaca era solo un
minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y
aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal
capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad,
arrancar la estaca y huir. El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces?
¿Por qué no huye? Cuando tenía 5 o 6 años yo todavía en la sabiduría de los
grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por
el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se
escapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia: -Si está
amaestrado, ¿por qué lo encadenan? No recuerdo haber recibido ninguna
respuesta coherente. Con el tiempo me olvide del misterio del elefante y la
estaca... y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se
habían hecho la misma pregunta. Hace algunos años descubrí que por suerte
para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta:
El elefante del circo no se escapa porque ha estado atado a una estaca
parecida desde muy, muy pequeño. Cerré los ojos y me imaginé al pequeño
recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el
elefantito empujó, tiró, sudó, tratando de soltarse. Y a pesar de todo su
esfuerzo, no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que
se durmió agotado, y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y
al que le seguía... Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal
aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Este elefante enorme y
poderoso, que vemos en el circo, no se escapa porque cree -pobre- que NO
PUEDE. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia
que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a
cuestionar seriamente ese registro. Jamás... jamás... intentó poner a PRUEBA
su fuerza otra vez...


color=red]EL OSO[
/color]Esta historia h[abla de un sastre, un zar y su oso.
Un día el zar descubrió que uno de los botones de su chaqueta preferida se
había caído.
El zar era caprichoso, autoritario y cruel (cruel como todos los que enmarañan
por demasiado tiempo en el poder), así que, furioso por la ausencia del botón
mandó a buscar a su sastre y ordenó que a la mañana siguiente fuera
decapitado por el hacha del verdugo.
Nadie contradecía al emperador de todas la Rusias, así que la guardia fue
hasta la casa del sastre y arrancándolo de entre los brazos de su familia lo
llevó a la mazmorra del palacio para esperar allí su muerte.
Cuando, cayo el sol un guardiacárcel le llevó al sastre la última cena, el sastre
revolvió el plato de comida con la cuchara y mirando al guardiacárcel dijo –
Pobre del zar.
- El guardiacárcel no puedo evitar reírse - ¿Pobre del zar?, dijo pobre de ti tu
cabeza quedará separada de tu cuerpo unos cuantos metros mañana a la
mañana.
- Si, lo sé pero mañana en la mañana el zar perderá mucho más que un
sastre, el zar perderá la posibilidad de que su oso la cosa que más quiere en
el mundo su propio oso aprenda a hablar.
- ¿Tú sabes enseñarle a hablar a los osos?, preguntó el guardiacárcel
sorprendido.
- Un viejo secreto familiar... – dijo el sastre.
Deseoso de ganarse los favores del zar, el pobre guardia corrió a contarle al
soberano su descubrimiento:
¡¡El sastre sabía enseñarle a hablar a los osos!!
El zar se sintió encantado. Mandó rápidamente a buscar al sastre y le ordenó:
-¡¡Enséñale a mi oso a hablar nuestro gustaría complaceros pero la verdad, es
que enseñar a hablar a un oso es una ardua tarea y lleva tiempo... y
lamentablemente, tiempo es lo que menos tengo...
-El zar hizo un silencio, y preguntó ¿cuánto tiempo llevaría el aprendizaje?
- Bueno, depende de la inteligencia del oso... Dijo el sastre.
- ¡¡El oso es muy inteligente!! – interrumpió el zar
– De hecho es el oso más inteligente de todos los osos de Rusia.
-Bueno, musitó el sastre... si el oso es inteligente... y siente deseos de
aprender... yo creo... que el aprendizaje duraría... duraría... no menos de......
DOS AÑOS.
El zar pensó un momento y luego ordenó:
- Bien, tu pena será suspendida por dos años, mientras tanto tú entrenarás al
oso. ¡Mañana empezarás!
- Alteza - dijo el sastre – Si tu mandas al verdugo a ocuparse de mi cabeza,
mañana estarán muerto, y mi familia, se las ingeniará para poder sobrevivir.
Pero si me conmutas la pena, yo tendré que dedicarle el tiempo a trabajar, no
podré dedicarme a tu oso... debo mantener a mi familia.
- Eso no es problema – dijo el zar – A partir de hoy y durante dos años tú y tu
familia estarán bajo la protección real. Serán vestidos, alimentados y educados
con el dinero de la corte y nada que necesiten o deseen, les será negado...
Pero, eso sí... Si dentro de dos años el oso no habla... te arrepentirás de haber
pensado en esta propuesta... Rogarás haber sido muerto por el verdugo...
¿Entiendes, verdad?.
- Sí, alteza.
- Bien... ¡¡Guardias!! - gritó el zar –Que lleven al sastre a su casa en el
carruaje de la corte, denle dos bolsas de oro, comida y regalos para sus niños.
Ya... ¡¡Fuera!!.
El sastre en reverencia y caminando hacia atrás, comenzó a retirarse mientras
musitaba agradecimientos.
- No olvides - le dijo el zar apuntándolo con el dedo a la frente – Si en dos
años el oso no habla... – Alteza... -
...Cuando todos en la casa del sastre lloraban por la pérdida del padre de
familia, el hombre pequeño apareció en la casa en el carruaje del zar,
sonriente, eufórico y con regalos para todos.
La esposa del sastre no cabía en su asombro. Su marido que pocas horas antes
había sido llevado al cadalso volvía ahora, exitoso, acaudalado y exultante...
Cuando estuvo a solas el hombre le contó los hechos.
- Estás LOCO – chilló la mujer – enseñar a hablar al oso del zar. Tú, que ni
siquiera has visto un oso de cerca, ¡Estás, loco!
Enseñar a hablar al oso... Loco, estás loco...
- Calma mujer, calma. Mira, me iban a cortar la cabeza mañana al amanecer,
ahora... ahora tengo dos años... En dos años pueden pasar tantas cosas en
dos años.
En dos años... – siguió el sastre - se puede morir el zar... me puedo morir
yo... y lo más importante... por ahí el ¡¡oso habla!!


EL TEMIDO ENEMIGO
La idea de este cuento llegó a mí escuchando un relato de Enrique Mariscal. Me
permití, partir de allí prolongar el cuento transformarlo en otra historia con
otro mensaje y otro sentido. Así como está ahora se lo regalé una tarde a mí
amigo Norbi.
Había una vez, en un reino muy lejano y perdido, un rey al que le gustaba
sentirse poderoso. Su deseo de poder no se satisfacía sólo con tenerlo, él,
necesitaba además, que todos lo admiraran por ser poderoso, así como la
madrastra de Blanca Nieves no le alcanzaba con verse bella, también él
necesitaba mirarse en un espejo que le dijera lo poderoso que era.
Él no tenía espejos mágicos, pero contaba con un montón de cortesanos y
sirvientes a su alrededor a quienes preguntarle si él, era el más poderoso del
reino.
Invariablemente todos le decían lo mismo:
-Alteza, eres muy poderoso, pero tú sabes que el mago tiene un poder que
nadie posee: Él, él conoce el futuro.
( En aquel tiempo, alquimistas, filósofos, pensadores, religiosos y místicos eran
llamados, genéricamente “magos”).
El rey estaba muy celoso del mago del reino pues aquel no sólo tenía fama de
ser un hombre muy bueno y generoso, sino que además, el pueblo entero lo
amaba, lo admiraba y festejaba que él existiera y viviera allí.
No decían lo mismo del rey.
Quizás porque necesitaba demostrar que era él quien mandaba, el rey no era
justo, ni ecuánime, y mucho menos bondadoso.
Un día, cansado de que la gente le contara lo poderoso y querido que era el
mago o motivado por esa mezcla de celos y temores que genera la envidia, el
rey urdió un plan:
Organizaría una gran fiesta a la cual invitaría al mago y después la cena,
pediría la atención de todos. Llamaría al mago al centro del salón y delante de
los cortesanos, le preguntaría si era cierto que sabía leer el futuro. El invitado,
tendría dos posibilidades: decir que no, defraudando así la admiración de los
demás, o decir que sí, confirmando el motivo de su fama. El rey estaba seguro
de que escogería la segunda posibilidad. Entonces, le pediría que le dijera la
fecha en la que el mago del reino iba a morir. Éste daría una respuesta, un día
cualquiera, no importaba cuál. En ese mismo momento, planeaba el rey, sacar
su espada y matarlo. Conseguiría con esto dos cosas de un solo golpe: la
primera, deshacerse de su enemigo para siempre; la segunda, demostrar que
el mago no había podido adelantarse al futuro, y que se había equivocado en
su predicción. Se acabaría, en una sola noche. El mago y el mito de sus
poderes...
Los preparativos se iniciaron enseguida, y muy pronto el día del festejo llegó...
...Después de la gran cena. El rey hizo pasar al mago al centro y ante le
silencio de todos le preguntó:
- ¿Es cierto que puedes leer el futuro?
- Un poco – dijo el mago.
- ¿Y puedes leer tu propio futuro, preguntó el rey?
- Un poco – dijo el mago.
- Entonces quiero que me des una prueba - dijo el rey -
¿Qué día morirás?. ¿ Cuál es la fecha de tu muerte?
El mago se sonrió, lo miró a los ojos y no contestó.
- ¿Qué pasa mago? - dijo el rey sonriente -¿No lo sabes?... ¿no es cierto que
puedes ver el futuro?
- No es eso - dijo el mago - pero lo que sé, no me animo a decírtelo.
- ¿Cómo que no te animas?- dijo el rey-... Yo soy tu soberano y te ordeno que
me lo digas. Debes darte cuenta de que es muy importante para el reino,
saber cuando perdemos a sus personajes más eminentes... Contéstame pues,
¿cuándo morirá el mago del reino?
Luego de un tenso silencio, el mago lo miró y dijo:
- No puedo precisarte la fecha, pero sé que el mago morirá exactamente un
día antes que el rey...
Durante unos instantes, el tiempo se congeló. Un murmullo corrió por entre los
invitados.
El rey siempre había dicho que no creía en los magos ni en las adivinaciones,
pero lo cierto es que no se animó a matar al mago.
Lentamente el soberano bajó los brazos y se quedó en silencio...
Los pensamientos se agolpaban en su cabeza.
Se dio cuenta de que se había equivocado.
Su odio había sido el peor consejero.
- Alteza, te has puesto pálido. ¿Qué te sucede? – preguntó el invitado.
- Me siento mal - contestó el monarca – voy a ir a mi cuarto, te agradezco que
hayas venido.
Y con un gesto confuso giró en silencio encaminándose a sus habitaciones...
El mago era astuto, había dado la única respuesta que evitaría su muerte.
¿Habría leído su mente?
La predicción no podía ser cierta. Pero... ¿Y si lo fuera?...
Estaba aturdido
Se le ocurrió que sería trágico que le pasara algo al mago camino a su casa.
El rey volvió sobre sus pasos, y dijo en voz alta:
- Mago, eres famoso en el reino por tu sabiduría, te ruego que pases esta
noche en el palacio pues debo consultarte por la mañana sobre algunas
decisiones reales.
- ¡ Majestad!. Será un gran honor... – dijo el invitado con una reverencia.
El rey dio órdenes a sus guardias personales para que acompañaran al mago
hasta las habitaciones de huéspedes en el palacio y para que custodiasen su
puerta asegurándose de que nada pasara...
Esa noche el soberano no pudo conciliar el sueño. Estuvo muy inquieto
pensando qué pasaría si el mago le hubiera caído mal la comida, o si se
hubiera hecho daño accidentalmente durante la noche, o si, simplemente, le
hubiera llegado su hora.
Bien temprano en la mañana el rey golpeó en las habitaciones de su invitado.
Él nunca en su vida había pensado en consultar ninguna de sus decisiones,
pero esta vez, en cuánto el mago lo recibió, hiz o la pregunta... necesitaba una
excusa.
Y el mago, que era un sabio, le dio una respuesta correcta, creativa y justa.
El rey, casi sin escuchar la respuesta alabó a su huésped por su inteligencia y
le pidió que se quedara un día más, supuestamente, para “consultarle” otro
asunto... (obviamente, el rey sólo quería asegurarse de que nada le pasara).
El mago – que gozaba de la libertad que sólo conquistan los iluminados –
aceptó...
Desde entonces todos los días, por la mañana o por la tarde, el rey iba hasta
las habitaciones del mago para consultarlo y lo comprometía para una nueva
consulta al día siguiente.
No pasó mucho tiempo antes de que el rey se diera cuenta de que los consejos
de su nuevo asesor eran siempre acertados y terminara, casi sin notarlo,
teniéndolos en cuenta en cada una de las decisiones.
Pasaron los meses y luego los años.
Y como siempre... estar cerca del que sabe vuelve el que no sabe, más sabio.
Así fue: el rey poco a poco se fue volviendo más y más justo.
Ya no era despótico ni autoritario. Dejó de necesitar sentirse poderoso, y
seguramente por ello dejó de necesitar demostrar su poder.
Empezó a aprender que la humildad también podía ser ventajosa empezó a
reinar de una manera más sabia y bondadosa.
Y sucedió que su pueblo empezó a quererlo, como nunca lo había querido
antes.
El rey ya no iba a ver al mago investigando por su salud, iba realmente para
aprender, para compartir una decisión o simplemente para charlar, porque el
rey y el mago habían llegado a ser excelentes amigos.
Un día, a más de cuatro años de aquella cena, y sin motivo, el rey recordó.
Recordó aquel plan aquel plan que alguna vez urdió para matar a este su
entonces más odiado enemigo
Y sé dio cuenta que no podía seguir manteniendo este secreto sin sentirse un
hipócrita.
El rey tomó coraje y fue hasta la habitación del mago. Golpeó la puerta y
apenas entró le dijo:
- Hermano, tengo algo que contarte que me oprime el pecho
- Dime – dijo el mago – y alivia tu corazón.
- Aquella noche, cuando te invité a cenar y te pregunté sobre tu muerte, yo no
quería en realidad saber sobre tu futuro, planeaba matarte y frente a cualquier
cosa que me dijeras, porque quería que tu muerte inesperada desmitificara
para siempre tu fama de adivino. Te odiaba porque todos te amaban... Estoy
tan avergonzado...
- Aquella noche no me animé a matarte y ahora que somos amigos, y más que
amigos, hermanos, me aterra pensar lo que hubiera perdido si lo hubiese
hecho.
Hoy he sentido que no puedo seguir ocultándote mi infamia.
Necesité decirte todo esto para que tú me perdones o me desprecies, pero sin
ocultamientos.
El mago lo miró y le dijo:
- Has tardado mucho tiempo en poder decírmelo. Pero de todas maneras, me
alegra, me alegra que lo hayas hecho, porque esto es lo único que me
permitirá decirte que ya lo sabía. Cuando me hiciste la pregunta y bajaste tu
mano sobre el puño de tu espada, fue tan clara tu intención, que no hacía falta
adivino para darse cuenta de lo que pensabas hacer, - el mago sonrió y puso
su mano en el hombro del rey. – Como justo pago a tu sinceridad, debo decirte
que yo también te mentí... Te confieso hoy que inventé esa absurda historia
de mi muerte antes de la tuya para darte una lección. Una lección que recién
hoy estás en condiciones de aprender, quizás la más importante cosa que yo
te haya enseñado nunca.
Vamos por el mundo odiando y rechazando aspectos de los otros y hasta de
nosotros mismos que creemos despreciables, amenazantes o inútiles... y sin
embargo, si nos damos tiempo, terminaremos dándonos cuenta de lo mucho
que nos costaría vivir sin aquellas cosas que en un momento rechazamos.
Tu muerte, querido amigo, llegará justo, justo el día de tu muerte, y ni un
minuto antes. Es importante que sepas que yo estoy viejo, y que mi día
seguramente se acerca. No hay ninguna razón para pensar que tu partida deba
estar atada a la mía. Son nuestras vidas las que se han ligado, no nuestras
muertes.
El rey y el mago se abrazaron y festejaron brindando por la confianza que cada
uno sentí en esta relación que habían sabido construir juntos...
Cuenta la leyenda... que misteriosamente... esa misma noche... el mago...
murió durante el sueño.
El rey se enteró de la mala noticia a la mañana siguiente... y se sintió
desolado.
No estaba angustiado por la idea de su propia muerte, había aprendido del
mago a desapegarse hasta de su permanencia en el mundo.
Estaba triste, simplemente por la muerte de su amigo.
¿Qué coincidencia extraña había hecho que el rey pudiera contarle esto al
mago justo la noche anterior a su muerte?.
Tal vez, tal vez de alguna manera desconocida el mago había hecho que él
pudiera decirle esto para quitarle su fantasía de morirse un día después.
Un último acto de amor para librarlo de sus temores de otros tiempos...
Cuentan que el rey se levantó y que con sus propias manos cavó en el jardín,
bajo su ventana, una tumba para su amigo, el mago.
Enterró allí su cuerpo y el resto del día se quedó al lado del montículo de
tierra, llorando como se llora ante la pérdida de los seres queridos.
Y recién entrada la noche, el rey volvió a su habitación.
Cuenta la leyenda... que esa misma noche... veinticuatro horas después de la
muerte del mago, el rey murió en su lecho mientras dormía... quizás de
casualidad... quizás de dolor... quizás para confirmar la última enseñanza del
maestro.
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q os vaya bonito ,,, os lo desea esta gallega alocada
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« Respuesta #11 en: 25 de Noviembre de 2008, 08:22:39 »

Me parece decía que hablar del currículo de alguien, hablar de la historia de alguien, de lo que ha hecho, de lo que no ha hecho de lo que dejó de hacer, de quién dice que es un genio, y quién dice que es un idiota, cuántos libros tiene publicados; todas esas cosas a mí me parece que son un poquito distorsivas de lo que sigue y lo pienso así porque una vez llegó a mis oídos una historia que a mí me gusta mucho y que siempre recuerdo en estas situaciones.

Esta historia es una historia que ha viajado en el tiempo y en el espacio y que según quien la cuente el protagonista es un sacerdote de una religión extraña, un rabino, un cura párroco; depende de quién cuente la historia así es el protagonista. Pero, de todas maneras, la historia siempre es la misma. Cuando me la contaron a mí esta historia la protagonizaba un sacerdote muy importante dentro de una comunidad, en algún lugar de medio oriente. El sacerdote en cuestión había sido invitado a una cena muy importante de gente muy pudiente, de gente muy influyente, en la casa de uno de los hombres más ricos de la ciudad. La noche era un noche terrible y tormentosa, pero, a pesar de esto, por supuesto, el sacerdote había comprometido su presencia; así que se subió a su carruaje y manejándolo él mismo empezó a dirigirse a la casa del señor que lo había invitado. A unos 200 metros antes de llegar a la casa donde iba a ser la cena, un rayo y un relámpago iluminó el cielo, el caballo se asustó del ruido y, entonces, se puso en dos patas, y el carruaje del pobre hombre se tumbó y el sacerdote cayó sobre la zanja que se estaba llena de lodo y de hojas sucias y de mugre y se ensució totalmente, desde la punta del pelo hasta la punta de los pies. Pero como estaba a 200 metros de la casa donde iba, pensó que no tenía sentido volver hasta su casa, sino que era mejor higiniezarse un poco donde llegaba; podría dar una explicación. Así que se acercó a la casa y golpeó la puerta y un mayordomo muy bien vestido, muy elegante, le abrió la puerta y cuando lo vio así, cuando lo vio mugriento como estaba, pensó que era realmente un mendigo.

El mayordomo, que tenía de verdad muy malas pulgas, le dijo “¿qué haces aquí? ¿No te das cuenta que esto es una comida para gente muy importante?” Y él dijo, “sí, bueno, justamente yo vengo por la comida”. “Mira, si vienes por las sobras, las sobras van a estar mañana; porque hoy todavía la comida no ha sucedido; así que cómo puedes pretenderlas hoy”. “No, bueno, podría, pero no vengo por las sobras”. “Ah! Claro! ¡No viene por las sobras! ¿qué quieres? ¿comer la comida de los señores? ¿Pero cómo te atreves miserable pordiosero? Mira, vete, inmediatamente y cuando vengas mañana, ven por la puerta de servicio que por esta puerta no entran los mendigos y los pordioseros sucios como tú”. “No, pero es el que el dueño...” “Mira, el dueño de la casa, si llega a verte aquí y no te vas, te aseguro que te va a soltar los perros, que es una cosa que le da bastante placer hacer cuando alguien se pone rebelde; así que ya mismo te das la vuelta y te vas”. “No, pero es que...” intentó decir el sacerdote y apareció el dueño de la casa.

El dueño de la casa preguntó “¿qué pasa?” Y el mayordomo le dijo, “este mendigo pordiosero, que le dije que tiene que venir por las sobras mañana y el insiste que quiere la comida hoy y yo le he dicho que se vaya y el no quiere, y yo le he dicho que si venías tú, te ibas a enojar”, dice “por supuesto que me voy a enojar, así que llama la guardia”. El sacerdote intentó explicar, vino el jefe de la guardia, y el dueño de casa le dijo: “guardia eche a este hombre de la casa y si no se quiere ir suéltenle a los perros para que lo echen”. No había nada más que le gustara al jefe de la guardia que soltarle los perros a cualquiera, con razón o sin razón; así que soltó los perros detrás del pobre sacerdote que chapoteando entre el césped salió corriendo del lugar y saltó a la cerca para que los perros no lo mordieran. Como pudo, rehizo su carruaje y se volvió a su casa.
Cuando llegó allí pensó si tenía que volver o no tenía que volver al lugar donde había sido invitado, y pensó que sí, que tenía que volver. Así que se enjuagó un poco la cara, y fue hasta su cuarto, abrió el ropero, y del ropero sacó una capa, una capa preciosa bordada en hilos de oro y de plata que le había regalado justamente el dueño de la casa donde estaba invitado. Así que sobre su propia ropa mugrienta se puso la capa y se subió al carruaje y otra vez fue hacia la casa donde había sido invitado. Esta vez llegó sin problemas, golpeó la puerta. El mismo mayordomo pulcro, igual que antes, abrió la puerta, y cuando vio al hombre con esa capa se dio cuenta de que era el invitado que faltaba y dijo, “¡ah! Excelencia, lo están esperando; pase por acá”. Y el sacerdote pasó. Vino el dueño de la casa y dijo “¡oh! Excelencia, lo estamos esperando; ¿algún problema?” “No, no, ningún problema”, dijo el sacerdote. “Están todos sentados en la mesa; si quiere podemos pasar, la comida está casi lista”. “Sí, claro”. Entonces, y todo el mundo se puso de pie cuando entro el sumo sacerdote y el dueño de la casa le ofreció el sillón de su derecha como correspondía al invitado especial y todo el mundo esperó que él se sentara para sentarse; y cuando él se sentó, todo el mundo se sentó y el dueño de casa le dijo “podemos pedir el primer plato”. “Sí”, dijo el sacerdote.
Entonces trajeron el primer plato que era una especie de cocido con patatas y con carne y con tomate. Y entonces, todo el mundo hizo silencio, nadie iba a empezar a comer antes de que el sacerdote empezara; y el sacerdote, en lugar de empezar a comer, alargó la mano, agarró la punta de la capa que tenía puesta y empezó a mojar la capa en la comida. La gente miraba, no entendía qué pasaba, se hizo un silencio terrible. El sacerdote dijo “¿qué pasa, mi amor?, mira qué linda la papita, mira el tomatito, mira la carnecita, ¡qué rica!, ¿No te gusta la comidita que te han hecho?” Todo el mundo pensó que el sacerdote se volvió loco. El dueño de casa se animó a preguntar; dice “¿qué pasa? ¿Hay algún problema?” “No, ya le dije que problema no hay ninguno, pero esta invitación a cenar no es para mí; es para la capa; porque cuando yo vine sin ella, hace un rato, me sacaron a patadas y me echaron con los perros”.



 

 
 
 

 
 
 
 
 
 
« Última modificación: 25 de Noviembre de 2008, 09:02:32 por estrella2008 » En línea

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« Respuesta #12 en: 25 de Noviembre de 2008, 09:03:28 »

Y cuanto esta historia porque a mí me parece, con disculpas de los que no les guste mi idea, que todo currículo que cada uno tenga, que todo lo que cada uno tiene en su apellido, en el banco, en la casa donde vive, el auto en el que viaja, la ropa que usa, el renombre y el prestigio del que goza es un disfraz; y que somos básicamente mucho más que el disfraz que llevamos; que no es que no sea importante todo esto que hemos conseguido y nos hemos ganado; sólo que a la hora de la verdad es más importante lo que somos esencialmente. Y en este caso, y en este ejemplo de hoy es más claro que nunca. ¿De qué serviría que yo muestre los títulos que tenga y que deje que Enrique diga lo que quería decir y que alguno “¡oh, vendió!, ¡oh, premiaron!, ¡oh, tiene el título!, ¡oh, es médico!, ¿de qué serviría esto si todo lo que digo hoy no sirve a nadie?” Y, por otra parte, si lo que digo no sirve a nadie, qué importancia tiene,
si soy médico, analfabeto, premio Nobel; ¿qué importancia tiene?

Cada uno de vosotros es quien es, y es quien es en esencia; y esto quizás sea lo más importante para empezar a hablar. Porque si hablamos del libro que hoy presentamos, este libro que se llama Las tres preguntas , de estas preguntas que acompañan a la humanidad desde hace miles y miles de años. Estas tres preguntas empiezan por la primera; y la primera es ¿quién soy?, la segunda es ¿dónde voy? y la tercera es ¿con quién? ¿Quién soy, dónde voy y con quién? Preguntas que no son nuevas y que cada uno de nosotros se ha hecho alguna vez en este contexto o en otro, casi yo diría con estas palabras o cualquier otras palabras. Todos nos hemos preguntado, quizá más de una vez, ¿quién soy verdaderamente?, ¿dónde estoy yendo?, ¿cuál es el rumbo que sigue mi vida?, ¿quién es quien me acompaña? En todo caso, estas preguntas no son nuevas, y quizás los contenidos de este libro tampoco lo sean. Muchos de estos contenidos han sido volcados en mí en estos 16 libros que yo escribí antes que este y seguramente y, especialmente, en algunos de los caminos que escribí hace 10 años. Pero hoy estas ideas que aprendí de algunos maestros, muchos maestros y de algunos discípulos, muchos discípulos y de algunos lectores, muchos lectores que me enseñaron lo que yo aprendí en estos 10
años, vinieron ahora convocadas estas ideas para contestar a estas tres preguntas.
[/b][/i]Y lo primero que digo en este libro es que estas tres preguntas se contestan muchas veces a lo largo de la vida de cada uno, pero que tienen que contestarse en ese orden, en ese riguroso orden: quién soy, dónde voy y con quién. Y que hay que tener mucho cuidado en respetar ese orden de respuesta, porque, si voy a cambiar ese orden, posiblemente permita que quien me acompaña elija mi rumbo y esto sería muy malo para mi futuro, o voy a permitir que la dirección en la que voy defina quién soy y esto es muy malo para mi presente. ¿Quién soy?, ¿dónde voy? y ¿con quién? preguntas que hay que contestarse muchas veces, pero que sobre todo, repito que hay que contestarse en ese riguroso orden; y por eso me parece que a la hora de pensar en quién soy es importante saber que soy mucho más que lo que tengo, que soy mucho más que lo que he estudiado, que soy mucho más que esto que se puede ver desde fuera; que hay una esencia en nosotros y que esa esencia es además única; y el hecho de que sea única es realmente maravilloso. Aprendí esto de muchas maneras y de muchos maestros, pero, sobre todo, voy a decir lo mismo que quiero decir mostrándoles unas imágenesCuando yo estaba en México presentando alguno de mis libros -yo no me acuerdo cuál en realidad-, me informaron, me enteré de que había un señor, un artista, un artista callejero que se llamaba Julián Viver, Julián Viver, es un hombre que hace dibujos en tiza en la calle, después y con el tiempo, muchas personas me enviaron algunas de las cosas que Julián Viver hacía pero en ese momento yo no le conocía todavía, no sabía quién era. Me contaron que hacía cosas fantásticas y me invitaron a que lo vaya a ver porque estaba dibujando, en pleno zócalo, en el centro de México. Así que yo fui a ver a Julián Viver. Hace dibujos en tiza y en el suelo y tiene esa magnificiencia los dibujos; esa presencia impresionante; esa calidad de detalle. Una de las características que tiene Julián Viver es que participa de la obra que hace; y a la hora de fotografiar estas obras él siempre dice: “esta obra se fotografía desde este lugar”; y tiene una marquita en el suelo desde donde él pide que se tome las fotografía.

Las obras son impresionantes porque, sobre todo, tomada la foto desde el lugar en que él dice que hay que tomar la foto, tienen esta tridimensionalidad. Allí no hay nada que tenga volumen, no hay nada que salga del nivel del suelo; es todo un plano absoluto; es su presencia con el dibujo y el lugar desde donde hay que tomar la foto lo que da esa sensación de tridimensión. Uno quizá no podría creer que allí no hay nada, ningún agujero, nada saliendo desde los fondos de la tierra, sino solamente él pidiéndote que saques la fotografía desde donde él dice que la saques y, por supuesto, posando y participando junto con ello.

Cuando yo lo fui a ver, el había empezado a ser muy famoso, porque había hecho una publicidad de una gaseosa. A pesar de que parece que hubiera allí una botella enorme, no había absolutamente nada más que un dibujo hecho en el suelo, en la calle, con esa preciosidad que tiene, pero con ese volumen que da, con esa obra de arte que solamente se ve desde el lugar en el que él dice. La primera vez que le fui a ver, efectivamente, él había dibujado esto en el suelo; y este dibujo yo todavía hoy lo veo, me acuerdo de la sensación de la primera vez que lo vi, y sigo sin poder creer que esto sea solamente un dibujo, que no hay ninguna caja, que no hay ninguna mano metida dentro de ninguna caja, que no hay ningún volumen de nada, que es solamente un dibujo. Y que la sensación de perspectiva desde donde se toma la foto es la que da esta sensación.

Cuando le conocí me acerqué a felicitarlo, porque, de verdad, me parecía que el trabajo que hacía era realmente impresionante. No podía yo entender cómo él se daba cuenta del dibujo que tenía que hacer para poder lograr este efecto. Entonces, él me dijo: “Bueno, si les gusta -yo estaba con unos amigos-,
yo estaba con unos amigos-, si les gusta vengan mañana y mañana voy hacer algo especial”. Entonces, al día siguiente, a las nueve de la mañana, lo encontramos a él y él había traído esta especie de detector de metales, que era un falso de detector de metales; era una especie de lata de dulce puesta sobre un palo. Entonces, él dice: “Vamos a buscar un tesoro aquí, así que saquen la primera foto para que se acuerden cómo estaba todo antes de empezar”. Y entonces, él empezó a pasar su presunto detector de metales hasta que de repente algo hizo sonar “¡pi!, pi!”. “¡Oh! Parece que hemos encontrado algo; ahora siéntense un poquito que yo voy a dibujar y después que dibujo un ratito hacemos la segunda foto." Entonces, nos sentamos y él dibujó un ratito; y luego un ratito dijo: “Bueno, pónganse aquí y hagan la segunda foto”. Es un dibujo y la genialidad de él para saber darle el efecto de que hay verdaderamente un agujero. “Si se sientan, dibujo un ratito más y hacemos la tercera foto.” Y nosotros nos sentamos y él hizo la tercera foto. No hay ningún agujero de nada; es solamente un dibujo en el suelo, es la falsa perspectiva del lugar donde estamos lo que da la sensación. La gente que pasaba miraba sorprendida qué estaba pasando, sobre todo, los que no habían estado en toda la gestión de lo que había pasado con los dibujos.Dijo : “Ahora sí que estamos cerca, el detector de metales me dice que estamos cerca; así que esperen un poquito porque vamos a sacar la cuarta foto”. Y entonces, nos hizo sentar y dibujó un ratito, y luego, después de dibujar un ratito, se arrodilló en el suelo y nos dijo: “Saquen la foto”. Y la foto es ésta. El efecto de que él está metido dentro de un pozo es, por supuesto, un efecto; él está arrodillado y todo lo que se ve ahí es un dibujo, salvo el famoso detector de metales, que no es tal. La niña que está allí le está diciendo “¿qué hace ese señor arrodillado ahí?” Y la madre le dice, “no sé; debe ser un loco que hace cosas raras”. Y dijo: “Bueno, ahora sí que llegamos al tesoro; esperen que dibuje un poquito y hacemos la quinta y última foto”. Y esta es la última foto. No hay nada más que un dibujo en el suelo y, sin embargo, la sensación de profundidad, la sensación de que hay un agujero en el suelo y que hay tierra amontonada es verdaderamente impactanteA mí me parece asombroso que él pueda hacer estos dibujos y que él pueda darse cuenta de cuál es el efecto que van a tener los dibujos que hace. Pero si en esta misma historia que vemos aquí de este mundo dibujado por él, en lugar de conformarse con lo que uno ve, uno trepa por la escalera que está allí a la derecha de ustedes, a sacar la foto desde otro ángulo, uno ve cuál es verdaderamente el dibujo, el verdadero dibujo; pero visto desde el lugar dónde él dice que hay que verlo, esto es lo que se ve. Y esto es impresionante también si uno, por ejemplo, este dibujo, y también, es impresionante saber cómo él viene, se saca la ropa, se pone un bañador, posa para la foto cada vez que se lo piden a esta supuesta bañista.

Cuando yo estaba en esta fotografía que él hace varias veces en varios lugares, yo tenía muchas ganas de ver el otro efecto, la otra cara, qué pasaría si uno saca la fotografía desde el otro lugar; no desde el lugar donde está sacada, sino desde enfrente. Entonces, fui a hacer la foto desde en frente; él se enojaba mucho porque no le gusta que saquen fotos desde otro lugar, pero yo necesitaba tenerla porque necesitaba saber cuál era lo que él realmente dibujaba, porque era imposible de verlo. Aquí está, éste es el dibujo verdadero de Julián Viver que él puede pesquisar, que va a dar la obra de arte que después uno ve cuando lo ve desde el lugar inadecuado. Y un día caminando por Madrid me encuentro esto, a mí me hizo acordar mucho a los dibujos de Julián Viver. Cuando vi esto desde el lugar indicado esto es lo que se veía y lo notable de todo esto es que el perro de la derecha es un perro verdadero, el de la izquierda no, pero el de la derecha, sí. Y a pesar de que todo está absolutamente incorporado a la obra, porque está puesto allí, para que uno tome la fotografía desde el lugar donde está tomada la fotografía. Este señor que hizo esta obra se llama “Eduardo Reglero”, que es un compatriota mío -es argentino-, y hace también este tipo de cosas.

Julián Viver y Eduardo Reglero, que hacen obras de arte que sólo pueden apreciarse si uno los ve desde el lugar adecuado, porque si uno no las ve desde el lugar adecuado no puede apreciarse la obra de arte. ¿Por qué traigo esto hoy? Porque en este camino de descubrir quién uno es, uno tiene que darse cuenta que cada uno de nosotros es una obra de arte, cada uno de vosotros es una obra de arte, y si ustedes no lo saben es porque no se está mirando desde el lugar adecuado. Y si ustedes no son capaces de ver una obra de arte en sus hijos, en sus parejas, en sus padres, en sus amigos; si alguien en el mundo que ustedes no pueden ver como una obra de arte es porque no se están poniendo a verlos desde el lugar indicado.

Entonces, qué bueno sería aprender a mirarse desde el lugar indicado, para descubrir la obra de arte que uno es. Y si uno no lo sabe, hay alguien en el mundo -si no te lo encontraste todavía te lo vas a encontrar- que te mira con esos ojos que se mira una obra de arte y que sabe que tú eres una obra de arte. Pregúntale a él desde dónde te mira. Para aquellos que como yo hemos tenido la suerte de nacer en una casa donde mis padres se amaban entre sí, nos querían mucho a nosotros, nos miraban a mi hermano y a mí como obras de arte, era fácil, porque bastaba con pegarse al lugar desde donde ellos te miraban para darte cuenta que había una obra de arte en uno. Para los que no han tenido esa suerte, no está todo perdido; habrá que buscar en el mundo, porque hace falta alguien, por lo menos alguien, que alguna vez te mire con esa cara, que alguien descubra alguna vez y te diga alguna vez que eres valioso. Porque eres único, porque eres irrepetible y porque hay en ti una obra de arte; mirar desde el lugar que esa persona te mira y el día que lo sepas y el día que lo sepas podrás decirle a los demás que son obras de arte y podrás asumir que lo eres también y podrás saber que el que no te ve así es porque no te está mirando desde el lugar correcto.Ésta es la primera pregunta que hay que contestarse; el primer espacio el de saber quién soy. Porque solamente por allí uno puede empezar este camino a estas preguntas, que en última instancia lo último que persiguen es cada uno se vuelva cada vez más sabio porque me parece que éste es el desafío, me parece que el desafío es volverse cada vez más sabio. Yo he dicho, he escuchado y he repetido muchas veces que el objetivo fundamental en la vida era ser felices, y después he dicho y he repetido, que era también ayudar a otros a que sean felices; y después he sumado y he aceptado la idea que muchos dicen y que creo cierta que nuestra tarea fundamental es dejar el mundo cuando nos vayamos mejor de lo que lo encontramos. Y no está mal. Esos y cualquiera otros objetivos importantes, me parece a mí, ser felices, ayudar a otros a que sean felices y mejorar el mundo en el que nos encontramos y, sin embargo, creo que si trabajamos para ser más sabios nos será cada vez más sencillos ser felices.

Ésta es la primera pregunta que hay que contestarse; el primer espacio el de saber quién soy. Porque solamente por allí uno puede empezar este camino a estas preguntas, que en última instancia lo último que persiguen es cada uno se vuelva cada vez más sabio porque me parece que este es el desafío, me parece que el desafío es volverse cada vez más sabio. Yo he dicho, he escuchado y he repetido muchas veces que el objetivo fundamental en la vida era ser felices, y después he dicho y he repetido, que era también ayudar a otros a que sean felices; y después he sumado y he aceptado la idea que muchos dicen y que creo cierta que nuestra tarea fundamental es dejar el mundo cuando nos vayamos mejor de lo que lo encontramos. Y no está mal. Esos y cualquiera otros objetivos importantes, me parece a mí, ser felices, ayudar a otros a que sean felices y mejorar el mundo en el que nos encontramos y, sin embargo, creo que si trabajamos para ser más sabios nos será cada vez más sencillos ser felices.

Tendremos más habilidad para ayudar a otros a que lo sean y tendremos más posibilidades de cambiar el mundo en el que vivimos para mejorarlo. Por lo tanto, por qué no trabajar para hacer la tarea lo mejor posible, por qué no trabajar para volvernos cada vez más sabios. Y la única manera para volvernos cada vez más sabios, es saber de dónde partimos; y la única manera de saber de dónde partimos es preguntarnos quiénes somos. Y, sobre todo, digo yo, dejar de hacer esto que hacemos, tratando de ser lo que no somos, porque esta sí que es una tarea no sólo estúpida sino además enfermiza; este esfuerzo que hacemos para tratar de ser lo que no somos. Porque nos parece que sólo seríamos obras de arte si nos parecemos a alguna otra obra de arte, nos parece, creemos, nos engañamos, creyendo que tenemos que parecernos a alguien, o ser como alguien para poder ser lo mejor que podemos ser, cuando en realidad es todo lo contrario: lo mejor que podemos ser es lo que somos. No hay ninguna duda de esto.

Yo cuento cuentos desde hace mucho tiempo y los cuento porque me parece a mí que en los cuentos está puesto todo lo que de alguna manera nos identifica para podernos darnos cuenta de algunas cosas. Pero, por supuesto, siempre una película, un libro o una pintura, a veces nos hace sentir cosas y nos emocionan hasta el punto tal. En el mundo en el que vivimos se ha desarrollado un nuevo tipo de factor de identificación donde podemos vernos, donde podemos retratarnos; son las publicidades. La publicidad está hecha en el sentido de buscar que nos identifiquemos con ellas, porque esta es la manera de vendernos algún producto. Identificarnos con la publicidad, entonces.
 He encontrado en algunas publicidades algunos rasgos de cosas que nos ayudan a vernos mejor; que nos retratan a veces hasta el nivel de reírnos de nosotros mismos, que es por otra parte lo mejor que nos podría pasar. Muestra una publicidad de Atún de Tailandia. Y me sirve a mí para decir ¿hasta cuándo vamos a vivir aguantando el aire para que no se note que estamos más gordos?, ¿hasta cuándo vamos a usar esos tacos incómodos de 10 ó 12 centímetros para que no se vea que somos bajitos?, ¿hasta cuándo vamos a hacer el esfuerzo de decir cosas inteligentes para que nadie se de cuenta de que también a veces somos bastante tontos?, ¿hasta cuándo vamos a tratar de ser lo que no somos vulnerando, violando, maltratando la obra de arte de la que hablábamos antes?

Ése no es el camino; el camino es ser quien uno es; el camino es ser auténticamente quien uno es y, por supuesto, si uno es quien es se va a equivocar; si uno no copia, se va a equivocar, y sobre todo, se va a equivocar la primera vez de cada cosa. Porque solamente se aprende de los errores, y si solamente se aprende de los errores equivocarse es el pasaporte para el aprendizaje.

Yo les decía a mis hijos todo el tiempo, cuando ellos venían diciendo que lo habían hecho mal, yo les decía todo el tiempo. Ellos me decían que lo habían hecho mal y yo les decía: “¡qué bien que lo has hecho mal!”. Y entonces, cuando un día vino mi hijo contento porque había sacado un 10, yo le decía: “es bueno, pero qué pena ¿no?”. Me decía: “¿qué pena? ¿por qué?”. “Porque ahora de esto no vas aprender más nada”; y él me decía: “estás totalmente loco tú”, y yo decía: “sí, pero es verdad lo que te digo”. Y me parece a mí que si uno pudiera premiar los errores, si uno pudiera darse cuenta de que los errores son buenos para nosotros, si uno pudiera darse cuenta que cuando uno hace algo, lo hace por primera vez y lo hace bien, no aprendió nada, porque ya lo sabía; que solamente puede aprender cuando se equivoca, cuando lo hace mal; y que ahí está la llave de nuestro aprendizaje y que, entonces, en lugar de hacer esta estupidez de enojarse con uno mismo cuando se equivoca, uno tendría que ser un poquito más benévolo cuando se equivoca, un poquito más benévolo con uno mismo.

Porque esta cosa de que uno se equivoca y dice: “¡pero cómo me equivoqué!, ¡pero qué barbaridad!, ¡cómo puede ser que me haya equivocado!” es una maldad para con uno. En realidad uno podría decir, “pero, Jorgito, qué pasó que te equivocaste; bueno, a ver si aprendes ¡eh! para la próxima vez”. ¡Qué bueno sería aprender a tratarse bien!, porque nadie nace sabiendo nada, ni siquiera uno nace sabiendo cómo se es padre; y los que son hijos primogénitos saben lo mucho que se equivocan los padres primerizos. Nosotros, los que hemos venido después, tenemos mucha ventaja, porque algunos de los peores errores lo han hecho con nuestros hermanos y nosotros cosechamos alguna ventaja de esto. Los que son hijos únicos lo tienen muy mal, porque éstos siempre son los objetivos de los errores, pero, fíjense, lo que puede pasar con un padre primerizo sólo por no saber (
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« Respuesta #13 en: 26 de Noviembre de 2008, 11:59:57 »

la historia del zar ,,,es de jorge bucay Huh? tiene buenos relatos,,historias o cuentos como se quiera llamar
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« Respuesta #14 en: 26 de Noviembre de 2008, 05:43:10 »

la historia del zar ,,,es de jorge bucay Huh? tiene buenos relatos,,historias o cuentos como se quiera llamar

jorge bucay ,,,,si me encanta como escribe ,,,ademas escuche un relato contado por el y es una maravilla lo q te hace sentir con su voz ((me lo puso la psicologa en consulta y llore como una madalena ,,,)))
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